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ARTE
La catedral de las imágenes:
Edad Media de luz
por Irene A. Jiménez Zubillaga
Quien viaja por la carretera D 27 de Avignon a Arles (o viceversa) pasa en las cercanías de Baux en Provence, por una vieja cantera de piedra caliza. Explotada durante siglos, hoy yace abandonada. Con sus profundas galerías y sus gigantescos pilares en forma de prisma cuadrangular que sostienen la cima del monte (parte de la cordillera de les Alpilles) coronado de vegetación mediterránea. Este sitio con apariencia de templo antiguo cavado en la roca, inspiró a Dante, a Gounod y a Cocteau (quien ahí filmó su Orfeo) En la actualidad un músico, Christophe Guyard, y un fotógrafo, Alain Martaud, han sabido aprovechar este magnífico escenario para presentar un espectáculo único al que han bautizado con el nombre de “Edad Media de Luz”
Los 4000 metros de superficie que ofrecen las paredes y los pilares han sido utilizados como pantallas monumentales, de siete a quince metros de altura y de poco más de un metro de ancho (la amplitud de los pilares) hasta diez, doce o más metros de anchura en las paredes del fondo, para mostrar 3,000 imágenes por medio de 48 proyectores piloteados por un ordenador.
El espectador no permanece inmóvil, no se trata de una sala de espectáculos en la cual se ocupa una butaca, la vista fija en el escenario, sino que deambula con paso lento por anchos pasillos delimitados por tenues luces al ras del suelo; aparte de éstas la obscuridad sería total si no fuera por la luminosidad que emana de las imágenes proyectadas.
Cinco siglos de arte medieval, del románico al gótico, un viaje a través de Provenza y de Francia entera, de Cataluña, de Italia y Alemania, de Flandes... fachadas, naves y ábsides de catedrales, campaniles, pórticos y rosetones, refectorios y claustros de abadías, reflejados íntegros en la enorme pantalla que forman las paredes interiores de la cantera. En algún momento aparecen las miles de teselas que forman un mosaico con el Cristo Pantócrator de una iglesia románica, o un paisaje con escenas campesinas de Brueghel, o un enorme vitral de no se sabe cuál catedral.
En las largas y angostas pantallas en que se han convertido las cuatro caras de los pilares aparecen las formas esbeltas de la estatuaria gótica en piedra, tal cual las vemos en el adorno de las fachadas, o las tallas en madera polícroma que se encuentra al interior de las iglesias. Pero también otras imágenes: seres fabulosos convertidos en gárgolas, relicarios esmaltados, tallas en marfil, ilustraciones de los códices, figuras fantásticas tomadas de los bestiarios, joyería. Si por un momento bajamos la vista de alguna de las múltiples pantallas nos encontramos que estamos caminando por el piso ajedrezado de una sala palaciega. Hasta ese momento no nos habíamos percatado que también el piso fue tomado en cuenta para reflejar imágenes, y para el caso también las bóvedas, donde la piedra calcárea original se ha convertido en coloridas representaciones minerales.

El viandante se desplaza por los corredores a un ritmo muy bien calculado por los que dispusieron la sucesión de imágenes en los ordenadores. El cambio es constante, pero no con la rapidez vertiginosa que caracteriza a los videos actuales que impiden cualquier apreciación. Sin saberlo a ciencia cierta, calculo que las imágenes de los pilares duran alrededor de cinco segundos, mientras las imágenes del fondo acaso tres veces más, lo suficiente para actuar como señuelo haciéndonos avanzar hacia esa fachada de catedral para trasponer el pórtico y acceder al interior, tal es la impresión de realidad que transmite. Desde luego antes de llegar al pórtico la catedral habrá desaparecido y en su lugar veremos el claustro de una abadía al que tampoco podremos acceder.
Mientras tanto a derecha e izquierda otras imágenes reclaman nuestra atención. El efecto didáctico no se dirige al reconocimiento inmediato de lo que estamos viendo, nada hay que nos indique cuál fue la abadía cuyo claustro nos invitaba a descansar ni de qué catedral la fachada que admiramos, el propósito que se persigue es la percepción de la Edad Media como una época luminosa, contrariamente a la noción de que se trató de una era de tinieblas.
O acaso no existió en los autores del proyecto ninguna intención didáctica, sino simplemente el deseo de lograr el goce estético del asombrado espectador. Esto sin duda alguna se logra a plenitud y a ello contribuye en no poca medida el ambiente musical creado por Christophe Guyard que nos acompaña durante todo el trayecto, acerca del cual no me siento calificada para opinar, salvo que intuyo que buena parte de la magia que nos envuelve durante este recorrido fantástico proviene de ahí.
Lo otro también se logra, de la “Catedral de las Imágenes” salimos con una mejor comprensión, través del arte, de llamamos Edad Media.
Nota: a estas alturas “Edad Media de Luz” habrá desaparecido, pues desde luego se trataba de un espectáculo con temporalidad limitada, pero la “Catedral de las Imágenes” sigue ahí, a medio camino entre Avignon y Arles, ofreciendo experiencias extraordinarias a quien tenga la suerte de viajar por Provenza.
Irene A. Jiménez Zubillaga
Investigadora del Museo Nacional de las Culturas